Y de nuevo ha estado en urgencias atado, semiinconsciente, por sobredosis de medicación psiquiátrica en un nuevo intento de suicidio, esperando que su cuerpo procese la toxicidad. Nada que hacer. Así, esperando una valoración psiquiátrica que como otras veces ha acabado en alta. Para ellos no es considerado un intento de suicidio, aunque haya manifestado muchas veces que no quiere vivir como vive, atormentado por una mente enferma, prisionero de sus propios delirios y violencia interna que exterioriza a todas horas con su entorno y vecindario.
Se trata de una ingesta voluntaria y manipuladora, una llamada de atención dicen, como cuando se tiró de una altura que no le mataba pero que sí le rompía, para tener tan roto el cuerpo como lo tiene su alma. Y ahí lo ves, un chico joven y fuerte de 34 años, pero con una vitalidad mermada y mortecina, con sus ojos sin brillo y su cuerpo lleno de cicatrices conseguidas a base de autolesionarse una y otra vez. A través de ellas puedes seguir el mapa de dolor de su vida, cuentan su historia, cuentan el camino recorrido desde el que puedes vislumbrar hacia donde se dirige. Lo puedes ver si lo quieres ver, porque está perdido. Pero no importa los daños que se infrinja o infrinja a otros porque le dan el alta.
No pueden ingresarlo en psiquiatría dicen, porque es agresivo y no tienen recursos de contención, así sin más soporte que una triste medicación lo devuelven a su casa para seguir atormentándose en una vida sin sentido porque no sabe, porque no le han enseñado, porque no le han ayudado a aprender a vivir. Por su patología mental no puede, no sabe y también porque no decirlo, no quiere.
Yo no sé de leyes, intuyo que sobre el papel los protocolos son para un mayor bien, pero yo no entiendo porque quedan al margen los casos de alta complejidad como mi hijo. No está solo, no es el único, hay muchos, y están todos aislados y marginados por una sociedad que no los ve y un sistema que no los atiende como necesitan. Son unos parias que sobreviven como pueden y que son imprevisibles en sus acciones, pudiendo llegar a ser muy violentos, pero están en la calle porque no existen recursos para ellos, no existen recursos que les permitan reconducirse y tener una vida digna. Están en tierra de nadie, en un vacío, hasta que sus desvaríos los lleven ¿adonde?
¿Dónde están las leyes para ellos, o los tratamientos terapéuticos más allá de las medicaciones que se toman o no?, ¿qué hacemos con esas enfermedades y esa rebeldía interna que no les lleva a ningún lugar?, ¿qué hacemos con la amenaza que suponen para toda la sociedad el hecho de que vaguen por las calles sin control ni tratamiento ni contención?, ¿Qué hacemos como ciudadanos cuando cambiamos de acera o miramos para otro lado cuando nos encontramos a uno de ellos por la calle, o vemos a esos jóvenes o no tan jóvenes durmiendo arrinconados como apestados en cualquier lugar, o sentados en un banco con la mirada perdida?, ¿qué hacemos…?
Mi hijo no está en la calle, tiene una red a su alrededor que puede sostenerlo si él quiere, pero no quiere, ellos no siempre quieren ser ayudados, ellos no siempre se dejan acompañar, se encierran en sí mismos y luchan contra todo y todos. Entonces, ¿qué hacemos? ¿los dejamos a la deriva hasta que sea irreversible o buscamos una solución para ellos y que puedan tener esa vida digna a la que tienen derecho y que con tanta pompa se anuncia con las nuevas medidas europeas, pero que no funcionan en todos los casos de alta complejidad?
Sobre el papel todo vale, pero su implementación no es igual para todos y deja a muchos fuera de atención porque no hay recursos para ellos y los que hay los cierran y los que estaban dentro ¿dónde están ahora? Tal vez si miras a tu alrededor o cuando paseas por las grandes ciudades las veras, porque no tienen adónde ir, no hay recursos alternativos, los cierran, pero sin alternativas, eso sí, creo que, sobre algún papel, o en algún proyecto de ley algo deben de contemplar, pero mientras, están sin atención y sin contención. Y en cuanto a mi ¿Qué me queda? Ver como mi hijo se sigue matando a trozos…
Aquest text està escrit una sòcia de l’Associació de Familiars d’Afectats per Trastorns de Conducta (AFATRAC).
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